El billete de lotería

El año en que murió Ingrid nos tocó la lotería de Navidad. El Gordo, además. Jugábamos siempre el mismo número, todos los años. A veces ganábamos la pedrea y otras la devolución, pero jamás un premio grande. Ingrid era la que se ocupaba de comprar el décimo. De todas las costumbres ibéricas que presenció en cuarenta años que vivimos juntos, su alma nórdica eligió la de la lotería, nunca supe por qué. Goyo, el de la administración de nuestra calle, le guardaba cada año el décimo. Cuando perdíamos, ella llenaba la bañera de agua, colocaba el billete en un platito sobre el agua y le prendía fuego. Un funeral vikingo, porque hasta en eso hacía las cosas como quería.

Murió en octubre, en un día tan repleto de sol que parecía inmerecido, y en una hora tan banal como son las dos de la tarde. No supe a quién llamar, porque es una hora en la que nadie quiere ser molestado. Tampoco yo tenía ganas de hablar, la verdad. ¿Qué les iba a contar? ¿Que tenían razón ellos? ¿Que sus ojos azules se habían apagado de repente?

Los dos meses siguientes los viví como un autómata, sin preocuparme cómo vestía ni cuántas veces al día comía. Mantuve las persianas de la casa bajadas hasta la mitad. Si las subía, entraba el sol y me recordaba al brillo sobrenatural que había inundado el salón aquella tarde. Poco antes de adormecerse, Ingrid me había pedido que la incinerara en un lago, como hacíamos con los billetitos de lotería en la bañera. Yo le dije que eso sería difícil y ella asintió, decepcionada.

Llegó diciembre y las calles colmaron sus aceras de la muchedumbre que compraba. Regalos o lotería, o ambos. A mí ni se me ocurrió ir a por uno o el otro, pero un día Goyo me cogió por banda. «¿Es que no te vas a pasar? Tengo allí vuestro número». Me dio pena que lo hubiera guardado para mí, así que al final se lo compré y lo coloqué sobre el mueble del salón, al igual que hacía siempre Ingrid, como si de una fotografía se tratara.

Cuando anunciaron el número por la tele, me quedé quieto y callado, clavando las pupilas en las relucientes cifras de color blanco que cubrían la pantalla. La superficie de cristal líquido dio paso entonces a imágenes de otros ganadores por toda la península que celebraban, daban saltos, descorchaban botellas, gritaban, anunciaban la compra de un piso y enseñaban sus décimos a las cámaras.

Estuve dos meses y medio sin saber qué hacer. El billete permaneció en el mueble del salón todo ese tiempo, observándome con sorna cada vez que pasaba por delante. A veces estuve tentado de ponerlo en el platito metálico, llenar la bañera de agua y prenderle fuego, pero me contuve. Uno no quema a los vivos, y ese décimo de lotería tenía más vida que yo mismo. Al final acabé yendo al banco a cobrarlo, poco antes de que expirara el plazo de tres meses. «Qué buena suerte ha tenido usted», dijo la empleada mientras sus ojos acariciaban con lascivia la superficie del décimo. Yo no respondí.

Relato publicado originalmente el 22/12/2022 en el foro “Ábrete, libro.